En San Lorenzo la Libertadores no era una cuenta pendiente: era una manera de mirar el futuro con el ceño fruncido. Podías ganar un torneo local, podías ilusionarte con un plantel, podías jurar que “esta vez sí”… y aun así, en algún rincón del club, la Copa seguía respirando como una deuda vieja.
Por eso, cuando llegó Edgardo Bauza, no se trató solamente de un cambio de técnico. Fue otra cosa: la aparición de alguien que no venía a decir “vamos a intentarlo”, sino a convertir la obsesión en rutina.
El Gráfico lo retrató sin maquillaje: experimentado, serio, pragmático. Y en esa trilogía — que suena fría hasta que la entendés— estaba el secreto. El pragmático no juega a enamorar al público; juega a sostener al equipo cuando el partido se vuelve un examen. Ese Bauza tomó al campeón del Inicial 2013 y le imprimió un sello reconocible: un 4-4-2 combativo y un corazón de doble cinco, Mercier–Ortigoza, dos tipos que ya habían pasado por años de tormenta con la misma camiseta.
El apodo venía de antes, claro. “Patón”, “pata ancha”, el defensor de otro tiempo. Pero en Boedo el apodo cambió de sentido: dejó de ser solo un mote de zaguero para convertirse en una idea de postura. Pata ancha es plantarse. Es ocupar el espacio cuando todo se achica. Es no temblar para que el otro tampoco tiemble. Y Bauza, en esa Libertadores, fue exactamente eso: un tipo ensanchando el piso.
La primera gran escena de su campaña no fue la final. Fue un episodio que todavía hoy se cuenta como si fuera una fábula de vestuario, porque parece imposible y, sin embargo, pasó. Octavos de final, vuelta en Porto Alegre: San Lorenzo había ganado 1–0 en Buenos Aires, perdió 1–0 con Grêmio y la serie se fue a los penales. Los remates desde los doce pasos son un territorio donde la lógica se vuelve superstición: ahí la gente reza, los jugadores respiran raro, y el técnico suele quedar clavado como estatua. Bauza hizo lo contrario: se fue caminando hacia el vestuario.
En ese trayecto, un periodista le tiró una pregunta que todavía se escucha con la misma incredulidad: “¿No los ves?”. Y Bauza, sin freno, como si estuviera hablando del pronóstico del tiempo, largó la frase que lo inmortalizó: “¿Para qué? Si ya ganamos”.
No era show. Era convicción. Y el fútbol, cuando decide ser cruel o generoso, te deja pruebas. San Lorenzo ganó 4–2 la definición. Torrico atajó dos penales. Y el equipo siguió vivo. ESPN registró esa noche con un dato que pesa como piedra: el arquero le tapó los remates a Hernán Barcos y Maximiliano Rodríguez; San Lorenzo avanzó. CONMEBOL lo narró con detalle y con nombres propios: quién convirtió, quién erró, quién sostuvo la sangre fría. Esa escena explica más del Patón que mil análisis tácticos. Porque ahí está su núcleo: Bauza entendía que el miedo se contagia.
Y él prefería contagiar otra cosa. No euforia. No marketing. Seguridad. La sensación de que, aunque el partido se rompa, el equipo no se quiebra.
A partir de ese punto, San Lorenzo fue construyendo algo que en la Copa vale oro: una identidad que se reconoce en cualquier cancha. El Gráfico remarcó que el Gasómetro se volvió fortaleza, que de local no recibió goles en un tramo clave, y que desde una “tenencia defensiva” el equipo se volvió difícil de lastimar. Eso suena a frase técnica, pero se traduce así: San Lorenzo dejó de regalarse. Empezó a elegir cuándo correr riesgos. Se volvió un equipo que te obliga a trabajar el gol como si fuera un trámite de oficina: largo, tedioso y desgastante.
Bauza no ganó solo por sistema. Ganó por manejo de clima. El Gráfico cuenta que, cuando el equipo empezó a ser señalado como favorito, la semifinal trajo un problema raro: el ruido de afuera. “Ya los daban campeones”. Y Bauza tomó una decisión que a veces se discute pero casi siempre se entiende después: cerró entrenamientos para proteger al grupo, para que el vestuario no se llene de autógrafos, fotos, ansiedad y esa electricidad que te saca del eje.
Y llegó la noche. 13 de agosto de 2014. El Gráfico la define con una sentencia que no necesita adornos: “el día más importante” de la vida de San Lorenzo. Final de Copa Libertadores, Estadio Pedro Bidegain reventado, y un club entero tratando de no desmayarse de nervios. San Lorenzo le ganó 1–0 a Nacional con gol de Ortigoza, de penal.
El detalle que mucha gente olvida —porque después viene el grito, el llanto, la vuelta olímpica— es que esa final también fue un combate contra la cabeza. Bauza lo dijo sin careta: explicó que el equipo entró “muy tensionado”, “muy nervioso”, que lo veía en los días previos y que no los podía calmar. Esa frase es Bauza puro. No vende épica. No inventa un relato heroico. Te habla de lo que vio: un equipo con la historia apretándole el pecho.
Y en ese momento aparece otro rasgo clave: el Patón no se enamoró de su propio personaje. Apenas campeón, se acordó de Pizzi. Dijo: “Quiero recordar y saludar a Juan Antonio, que fue campeón con este equipo”. No es una frase menor. Es una forma de mando. Es decir: acá nadie gana solo, acá se gana en cadena.
Después, cuando la final terminó y el club explotó, Bauza soltó una línea que parece simple, pero en San Lorenzo funcionó como permiso emocional: “Llegó el momento de que el club disfrute”. En Boedo eso fue más que una frase: fue la ruptura de un hábito. Porque San Lorenzo, tantas veces, vivió con la guardia alta incluso cuando le iba bien. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, la guardia bajó.
Los números ayudan a dimensionar sin romantizar. Transfermarkt registra su ciclo en San Lorenzo con 99 partidos dirigidos y 47 triunfos (con sus empates y derrotas). Pero si querés entender la “efectividad” real de Bauza en Boedo, no la busques solo en la tabla: buscala en ese instante de Porto Alegre en el que un técnico decide no mirar los penales porque —en su cabeza— el equipo ya había pasado. Eso no es cálculo: es liderazgo psicológico.
Con el tiempo, el club convirtió esa huella en gesto físico: en 2022 decidió homenajearlo poniéndole su nombre a un sector del Estadio Pedro Bidegain.
No es protocolo: es memoria. Es San Lorenzo diciéndose a sí mismo —en voz alta y para el que venga— que hubo un técnico que no llegó a “probar suerte”, sino a sacar a todos de esa costumbre amarga de esperar el golpe. Por eso Bauza queda como una idea nítida: el que transformó una obsesión en método, el que no necesitó hablar mucho para que el club pudiera, por una vez, disfrutar sin culpa.
Y el que, en el momento más frágil —cuando los penales te dejan a solas con tus fantasmas— actuó como si la historia ya estuviera escrita: “¿Para qué? Si ya ganamos”. Eso no es cálculo: es liderazgo.
A fines de 2015 ya fuera del banco, eligió hablarle al club con una carta. Y si este relato tiene que terminar con una voz, que sea la suya, sin adornos, como le gustaba vivir el fútbol:
“La historia dirá que fue la primera Libertadores del club. Yo digo que fue un logro de un equipo con jugadores extraordinarios y ganadores, que jugaron en todas las canchas con mucha convicción”.
(Por F.Q.)