El 24 de enero de 2002, Buenos Aires pareció comprimirse alrededor del Estadio Pedro Bidegain. En el Nuevo Gasómetro, San Lorenzo jugaba la revancha de la final de la Copa Mercosur 2001 frente a Flamengo. Era la última edición del torneo y, para el Ciclón, la posibilidad de conquistar el primer título internacional de su historia.
En las tribunas no había un clima de espectáculo: había nervios. La gente no estaba allí para consumir un partido sino para atravesar una prueba. Cada bandera y cada canto sostenían una idea simple y enorme a la vez: que esa noche podía cambiar el modo en que el club se contaba a sí mismo. La Copa Mercosur había sido, durante años, una ventana de prestigio regional; para San Lorenzo era también un espejo incómodo, porque el fútbol argentino estaba acostumbrado a medirse con Brasil en finales y a veces volvía con cicatrices. Aquella noche, en cambio, la sensación era distinta: el equipo de Manuel Pellegrini había llegado con método, orden y una convicción que no se notaba en los gestos grandilocuentes sino en la manera de resolver cada partido.
A esa cita se llegó, además, con un contexto social que se metió en la historia de la final. El segundo partido estaba previsto para el 19 de diciembre de 2001, pero se postergó por motivos de seguridad en medio de la crisis y la conmoción social en Argentina. La final quedó suspendida durante más de un mes, como una pregunta abierta. Esa espera no enfrió el deseo: lo amplificó.
Con el calendario corrido, la sensación fue que el fútbol había quedado a la intemperie, expuesto, y que cuando volviera lo haría cargado de significados. En ese lapso, el equipo tuvo que sostener el foco y la forma, y la gente sostuvo una expectativa que se mezcló con la necesidad de una alegría colectiva. La Copa, entonces, no iba a resolverse solo con táctica o con piernas; iba a exigir también un tipo de serenidad que aparece cuando hay demasiado en juego.
El recorrido de San Lorenzo en la Copa Mercosur fue áspero, como suelen ser los torneos cortos cuando te cruzan temprano con los mismos que después te esperan en el final. En la fase de grupos, compartió zona con Flamengo, Olimpia y Nacional, y logró clasificarse por detrás del conjunto brasileño. Flamengo le ganó los dos partidos de esa fase a San Lorenzo, una marca que funcionó como advertencia y como herida. Sin embargo, el equipo de Pellegrini no se desarmó: sumó los puntos necesarios, sostuvo una idea y entendió que competir no es lo mismo que jugar bien por ráfagas.
Después llegó la etapa de eliminación directa, donde el margen se reduce a decisiones puntuales. San Lorenzo superó a Cerro Porteño en cuartos de final y luego dio un golpe fuerte en semifinales al eliminar a Corinthians por 5-3 en el global. En ese camino, Bernardo Romeo dejó un dato que explica muchas cosas: terminó como goleador del torneo, con 10 goles, el tipo de cifra que transforma una campaña en una amenaza constante para cualquier rival.
La final, como si el torneo buscara cerrar el círculo, devolvió a Flamengo al centro del escenario. La ida en Brasil terminó 0-0. Ese empate, que en una planilla puede parecer neutro, fue en realidad una forma de mantenerse vivo: sostener el orden afuera, resistir sin descontrolarse y dejar la serie abierta para definir en casa. Con la postergación de diciembre, el Nuevo Gasómetro se convirtió en una olla de presión, pero también en una promesa: allí, con su gente, San Lorenzo podía completar el trabajo. El 24 de enero, el estadio tuvo el aire de las ceremonias. El fútbol sudamericano, cuando llega a noches así, no permite distracciones: cada detalle pesa.
Flamengo llegaba con jerarquía y experiencia; San Lorenzo con organización y hambre. El partido se pareció más a una disputa por el control emocional que a una exhibición. Y en ese tono tenso, el primer golpe fue visitante.
A los 10 minutos, Leandro Machado marcó el 0-1 para Flamengo y por un instante el estadio se quedó sin aire. En una final así, un gol temprano es un veneno: obliga a elegir entre el desorden y la paciencia, entre correr hacia el error o sostener la estructura. San Lorenzo eligió insistir sin romperse. No se trató de un impulso ciego sino de una búsqueda trabajada, empujada por el aliento de su gente y por la idea fija de que un gol cambiaba la historia.
El partido se hizo friccionado, con tramos ásperos y poca concesión. El empate llegó en el segundo tiempo, a los 67 minutos: Raúl Estévez convirtió el 1-1 y el estadio explotó con una liberación física, como si cada hincha hubiera estado conteniendo el aire desde el gol de Flamengo. Ese 1-1 no cerró nada; abrió el tramo más pesado, el de los minutos finales donde nadie quiere fallar y cada pelota dividida se siente como un pequeño juicio. Con el global 1-1 —0-0 en la ida y 1-1 en la vuelta— la Copa quedó suspendida sobre el punto penal.
La definición por penales es una forma de sinceridad brutal.
No hay espacio para el relato intermedio: “o entra o no entra”.
La tanda fue larga y nerviosa, y tuvo un protagonista que terminó ocupando el centro de la noche: Sebastián Saja. Del lado de Flamengo, Juan falló porque Saja lo atajó; Petkovic convirtió; Andrezinho convirtió; Cássio falló al desviar; Edson convirtió; y Roma volvió a encontrarse con Saja, que lo atajó. Del lado de San Lorenzo, Alberto Acosta falló porque el arquero rival se lo detuvo; Juan José Serrizuela también falló; Leandro Romagnoli convirtió; Lucas Pusineri convirtió; y Saja, además de atajar, pateó y convirtió el suyo. Con esa mezcla de reflejos y valentía, el arquero se metió de lleno en el corazón de la final.
La última palabra la tuvo Diego Capria, que caminó hacia la pelota con el peso de todo lo que no se ve y convirtió el penal decisivo. San Lorenzo ganó la tanda 4-3 y, con eso, ganó la Copa. Ahí se terminó la espera…
No fue una consagración limpia ni cómoda; fue una noche con golpe temprano, empate trabajado y una definición agónica que obligó a atravesar todos los miedos. Por eso mismo, el título tuvo un valor especial: no se obtuvo por accidente ni por un destello aislado, sino por una campaña de resistencia y convicción. San Lorenzo quedó como campeón de la última Copa Mercosur y, al mismo tiempo, se quitó de encima una deuda histórica con su gente. Lo que quedó después no fue solo un trofeo: quedó una escena fundacional para la memoria del club, una de esas que explican por qué el fútbol, en ciertos momentos, se parece menos a un deporte que a una forma de contar quién sos cuando todo te empuja al borde. En Boedo, esa noche, San Lorenzo dejó de mirarse en la falta y empezó a mirarse en la conquista.
(Por F.Q.)