La historia de San Lorenzo de Almagro no se escribió sólo con goles y tribunas
llenas. También se forjó en gimnasios silenciosos, bajo luces duras y entre guantes gastados. Desde Luis Ángel Firpo hasta Nahuel Aramburu, el boxeo acompañó al club como una escuela paralela de carácter, disciplina y pertenencia. Una tradición menos contada, pero igual de profunda.
San Lorenzo suele narrarse desde el césped. Desde la pelota que rueda, el tablón que cruje, la caravana que no duerme. Pero hay otro sonido que también forma parte de su memoria: el golpe seco del cuero contra la bolsa, la campana que marca el round, la respiración contenida antes del primer cruce. En Boedo, el boxeo nunca fue un invitado ocasional. Fue una consecuencia natural.
Desde su origen, el club entendió el deporte como herramienta social. No sólo para competir, sino para formar. Por eso el gimnasio fue, desde temprano, tan importante como el potrero. Allí se construyeron historias sin cámaras ni titulares, pero con el mismo ADN: sacrificio, respeto y pertenencia.
El primero fue Luis Ángel Firpo. Hincha confeso del Ciclón, el “Toro de las Pampas” llevó una camiseta azulgrana en su equipaje cuando viajó a Nueva York en 1923 para enfrentar a Jack Dempsey por el título mundial de los pesos pesados. La usaba como cábala durante los entrenamientos. Aquella pelea en el Polo Grounds —la célebre “pelea del siglo”— terminó en derrota polémica, pero dejó una imagen imborrable: un argentino que había puesto contra las cuerdas al campeón del mundo. Firpo regresó como héroe nacional y volvió a su lugar natural: la platea del Viejo Gasómetro, en Avenida La Plata. El Gráfico lo retrató allí en 1924, trajeado, discreto, como un hincha más. El mensaje era claro: el boxeo también vestía de azulgrana.
Ese linaje encontró continuidad en Sergio Víctor Palma, boxeador gigante y Cuervo ilustre. Campeón mundial supergallo AMB en 1980, Palma llegó a la cima lejos del país, en una consagración construida con carácter y convicción. Su vínculo con San Lorenzo no fue una elección tardía ni conveniente: lo había decidido de chico. “A los 5 años decidí la mayoría de las cosas que iba a ser en mi vida: soñé con ser campeón mundial… y me hice de San Lorenzo”. La frase resume una vida. Palma llevó esa identidad al ring y también fuera de él. Tras el retiro eligió el camino de la formación y el trabajo social, entendiendo al boxeo como una herramienta de inclusión. Campeón del mundo y hombre de barrio, sin contradicciones. Mientras tanto, el Viejo Gasómetro también hacía su parte.
En los años 40 y 50 fue escenario de festivales pugilísticos que convocaban multitudes. El ring se montaba sobre tablas de madera en el campo de juego, con iluminación improvisada y tribunas colmadas. Las noches mezclaban aplausos, nervios y ovaciones. El boxeo se volvía espectáculo popular, profundamente porteño.
En ese clima aparece Nicolás Antonio Locche. El enorme Nicolino. Un boxeador distinto a todos. Campeón mundial superligero en 1968, dueño de un estilo que parecía desafiar las reglas del ring. Manos bajas, cintura suelta, reflejos imposibles. No necesitaba fuerza: le bastaba inteligencia. Hacía errar al rival hasta desarmarlo. Su boxeo fue estudiado ycelebrado como una forma de arte.Locche era hincha de San Lorenzo y nunca lo ocultó. En diciembre de 1968, antes de unclásico ante Huracán, el club lo homenajeó en el Gasómetro. Recibió una plaqueta y un banderín azulgrana frente a una ovación cerrada. Días después viajaría a Japón y se consagraría campeón del mundo ante Paul Fuji, escribiendo una de las páginas más brillantes del boxeo argentino. Su vida fue intensa, contradictoria, popular. Murió en 2005, pero su figura creció con el tiempo. Locche no fue sólo campeón: fue un símbolo cultural.
El linaje sumó otro capítulo con César René Cuenca, campeón mundial superligero IBF en 2015. Chaqueño, técnico, cerebral, apodado “El Distinto”, alcanzó el título en Macao tras vencer al surcoreano Ik Yang. Ganó lejos, en silencio, sin gestos grandilocuentes. Su identificación con San Lorenzo fue sobria, coherente con su estilo. Cuando perdió el invicto en Rusia ante Eduard Troyanovsky, dejó una frase que lo dijo todo: “Los de San Lorenzo sabemos levantarnos de las difíciles”. Volvió, ganó otra vez y cerró su carrera con dignidad. Nada de esto ocurrió al margen del club. En 1951, San Lorenzo creó su Subcomisión de Boxeo y montó un ring en la sede de Inclán y Muñiz. De allí salieron amateurs que llegaron al Luna Park y sostuvieron una tradición que luego se trasladó a Ciudad Deportiva. En ese recorrido dio sus primeros pasos Fernando “Pumita” Martínez, hoy campeón mundial supermosca FIB, quien reconoció la influencia simbólica de ese espacio y de la historia que lo precedía.
La posta la tomó Nahuel Aramburu, nacido en Parque Chacabuco y socio de San Lorenzo desde chico. Formado íntegramente en el club, acumuló cerca de 30 peleas amateurs, fue campeón de la Liga Metropolitana y ganó un torneo internacional del WBC. En mayo de 2025 se convirtió en el primer boxeador profesional de la historia de San Lorenzo, ganando por nocaut técnico en el primer round en su debut en la Federación Argentina de Box.
Hoy, la historia no vive sólo en los nombres ilustres. Late en el gimnasio de Avenida La Plata. Allí el boxeo se practica con rigor y humildad. No se enseña violencia, se enseña control. No se buscan atajos, se trabaja disciplina. Puntualidad, respeto, constancia. Cada salto de soga, cada round de guanteo, responde a una misma idea: formar personas antes que campeones. Ese gimnasio es un espacio de pertenencia barrial. Conviven pibes que recién empiezan con boxeadores experimentados. Allí se entiende por qué San Lorenzo siempre tuvo puños propios. Porque mientras exista ese lugar, mientras haya disciplina y convicción, los puños azulgranas seguirán en guardia, esperando el momento justo para volver a escribir historia.
(Por F.Q.)
EL GIMNASIO “HÉCTOR MORALES” DE LA CIUDAD DEPORTIVA